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Mano escribiendo una carta terapéutica en un cuaderno, luz cálida
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Escritura terapéutica: empezar por una carta que no se envía

Imagina una mesa despejada, una taza templada y un folio que todavía no sabe lo que vas a decirle. Afuera, el mar se mueve —aquí en Cangas lo hace con esa calma que parece una respiración grande— y dentro hay una mezcla de nudo y ganas. No estás buscando palabras perfectas: buscas un espacio donde quepan.

La “carta que no se envía” es eso: un espacio. No es para publicarla, ni para convencer a nadie; es para poner fuera lo que pesa dentro. A veces será un hilo de frases cortas. Otras, una marea. No se trata de “cerrar” el duelo, sino de acompañarlo con palabras que cuidan.

“No sé por dónde empezar”, me dices.
Empecemos por aquí: por dar permiso. Todo lo que sientas tiene un lugar en esta hoja.

Por qué una carta que no se envía (y por qué ahora)

  • Porque la carta escucha sin interrumpir. Puedes detenerte en una palabra durante un minuto o diez; el papel no se impacienta.
  • Porque no exige respuestas. No es un diálogo, es un anclaje. Te da contorno cuando todo parece frágil.
  • Porque te permite nombrar: la ausencia, la rabia, la gratitud, lo que no pudiste decir. Nombrar no cura, pero ordena.
  • Porque es segura: nadie más necesita leerla. Ni hoy ni nunca.

No prometo milagros. Prometo cuidado: las cartas abren una rendija de aire para que entre luz. A veces, con eso basta para hoy.

Preparar el pequeño ritual de escritura

Materiales

  • Papel y bolígrafo (si prefieres teclado, adelante; lo importante es que fluya).
  • Un temporizador (10–20 minutos es un buen comienzo).
  • Un lugar donde puedas estar sin prisa.

Antes de empezar

  1. Si te ayuda, respira suave: inhala contando 4, exhala contando 6, durante un minuto.
  2. Di en voz baja: “Voy a escribir sin juzgarme. Puedo parar cuando lo necesite.”
  3. Decide para quién será esta carta (puede ser para alguien que ya no está, para ti del pasado, para la vida, para la rabia, para una fecha).

Pequeño límite que cuida

  • Si notas mareo, hiperventilación, punzada intensa en el pecho o pensamientos que asustan, para. Vuelve a la respiración o sal a caminar unos minutos. Si algo te desborda de forma sostenida, busca apoyo profesional.

Paso a paso: estructura amable para empezar

1) Abrir la puerta

  • Saludo. No busques la fórmula correcta. A veces basta con “Hola”.
  • Contexto (2–3 líneas): dónde estás, qué hora es, qué te trae hoy al papel.

“Hola. Son las 22:14. Hoy la casa hace eco. He venido a contarte que…”

2) Nombrar

  • Nombra qué pasa sin explicar demasiado: “Desde que no estás…”, “Hoy se me hizo bola el desayuno…”
  • Si se cruzan lágrimas, está bien. La carta también sabe secarlas.

3) El doble hilo: lo que duele y lo que agradezco

  • Escribe en dos columnas o en párrafos alternos:
    • Duele: aquello que pesa, que pincha, que falta.
    • Agradezco: una sonrisa, una canción, el gesto pequeño de alguien, una tarde de sol.

El agradecimiento no borra el dolor; lo acompaña.

4) Lo que necesito hoy (pequeño y concreto)

  • Pide algo pequeño y posible: “Hoy me pido beber agua, salir a caminar diez minutos y responder un mensaje.”
  • Si te nace, escríbete una frase de cuidado para terminar el día: “Me permito estar así. Mañana vuelvo a intentarlo.”

5) Cerrar con respeto

  • Puedes cerrar con una frase, un silencio, o un gesto: doblar la hoja, guardarla, poner una mano sobre el corazón unos segundos.
  • No hace falta concluir; esto no es un final, es un descanso.

Preguntas que abren camino (elige 2–4 y escribe libre)

  • Lo no dicho: ¿Qué habría querido decir y no pude?
  • El cuerpo: ¿Dónde noto la ausencia hoy? ¿Qué parte pide suavidad?
  • La memoria: ¿Qué recuerdo vuelve una y otra vez? ¿Qué me cuenta de mí?
  • El permiso: ¿Qué emoción está pidiendo paso y cómo puedo recibirla?
  • La ayuda: ¿Qué gesto pequeño podría ayudarme en las próximas 24 horas?
  • El vínculo: Si pudiera decir una frase ahora, ¿cuál sería? (a ti, a esa persona, a la vida)

No tienes que responderlas todas. Elige dos, escribe sin freno y deja que la tinta haga su camino.

Una historia (porque a veces necesitamos vernos de lejos)

María (nombre cambiado) guardaba la taza de su madre en el armario más alto. No podía verla cada mañana. Un domingo de lluvia se sentó, bajó la taza, la colocó frente al papel y escribió: “Hola, mamá. Me cuesta ponerte aquí, tan cerca, sin poder llamarte.”
Contó lo pequeño: los caldos tibios, las plantas en la ventana, la risa cuando se equivocaban con las llaves. Luego escribió lo grande: la rabia del hospital, las ganas de marchar lejos, el alivio culposo de dormir por fin una noche entera.
Terminó pidiéndose una cosa: “Hoy saco las plantas al sol.” Doblegó la carta en dos. La guardó en una caja con el mantel de cuadros.
No cambió el mundo, pero cambió su lunes: las plantas estuvieron al sol, y el pecho respiró medio centímetro más.

Variantes de la carta (para cuando las palabras piden otro traje)

  • A quien ya no está: recuerda un gesto, un olor, una frase. Di lo que faltó y lo que quedó.
  • A ti del pasado: háblate con suavidad. “No sabías; hiciste lo que pudiste.”
  • A la rabia: dale un asiento. Pregúntale qué protege. Pídele que camine a tu lado, no por ti.
  • A una fecha (un aniversario, una Navidad): escribe lo que temes y lo que te sostendrá ese día.
  • A un objeto/lugar: la taza, el coche, la playa. Carga de sentido las cosas sin exigirles milagros.

Si se abre demasiado: cuidados y anclas

A veces escribir es abrir una compuerta. No fuerces el caudal.

  • Pausa: cierra la carta y pon las manos en el pecho y el abdomen. Exhala más largo.
  • Movimiento: camina 5–10 minutos; mira lejos (el mar, los árboles, el cielo).
  • Contacto: un vaso de agua, lavar la cara, una ducha templada.
  • Límites: decide un “no ahora” para ciertos temas; ya volverás cuando haya más sostén.
  • Busca apoyo si aparecen ideas de daño, desesperanza intensa que no cede o síntomas que te asustan. Acompañarse es un acto de valentía.

Qué hacer con la carta

  • Guardarla: en una caja, un sobre, una carpeta. Saber que existe es suficiente.
  • Releerla: dentro de unos días, o no; tú decides.
  • Ritual de despedida: algunas personas rasgan el papel, otras lo queman con cuidado. El gesto tiene sentido si lo haces con intención.
  • Escribir otra: cuando sientas que la marea vuelve. Cada carta es una instantánea del proceso; juntas cuentan tu historia de cuidado.

Una versión breve (10 minutos)

Para días sin energía o con poco tiempo:

  1. Saludo + hoy. (1 min)
  2. Duele / Agradezco. (6 min, 3 y 3)
  3. Para hoy me pido… (1 min)
  4. Cerrar con una respiración (2 min)

Pequeño no significa menor: significa posible.

Preguntas frecuentes

¿Y si no siento nada al escribir?
Está bien. A veces la tinta llega antes que la emoción. Confía en la repetición: un par de cartas más adelante, algo se moverá.

¿Y si me enfado mucho?
La rabia es una forma de amor herido. La carta le pone límite y escucha. Si te desborda, para y vuelve a un anclaje corporal.

¿Y si me siento culpable de agradecer algo?
La culpa suele aparecer cuando el cuerpo encuentra un respiro. Agradéceselo: respirar también es cuidar la memoria.

3 comentarios en «Escritura terapéutica: empezar por una carta que no se envía»

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